El agua dulce es uno de los recursos que más condiciona el futuro de la agricultura, especialmente en regiones áridas y semiáridas. Por ello, el riego con agua de mar aparece como una posibilidad que despierta interés. Aunque no significa simplemente sustituir el agua dulce por agua marina. La elevada concentración de sales obliga a estudiar cada cultivo, el suelo, la calidad del agua y el sistema de riego antes de plantear cualquier aplicación.
De hecho, la investigación agrícola lleva años estudiando diferentes formas de aprovechar aguas salinas, salobres o procedentes del mar, especialmente mediante dilución, mezcla con agua dulce, desalación y estrategias de riego de precisión. Por este motivo, hablar de agua de mar para riego y agricultura exige distinguir entre utilizar agua marina directamente y emplear agua de mar tratada o diluida bajo condiciones controladas.
¿Es posible utilizar agua de mar para riego?
La respuesta depende fundamentalmente de la salinidad del agua, el cultivo y las características del suelo. El agua de mar contiene una concentración de sales muy superior a la que toleran la mayoría de los cultivos convencionales. Cuando estas sales se acumulan en la zona donde crecen las raíces, pueden dificultar la absorción de agua y nutrientes y afectar al crecimiento vegetal.
Por tanto, el riego con agua de mar sin tratar no puede considerarse una alternativa general al agua dulce para los cultivos agrícolas habituales. La investigación se está orientando hacia soluciones más específicas; como el agua marina desalinizada, agua salobre, mezclas de agua dulce y salina y sistemas de riego controlado.
La FAO considera precisamente las aguas salinas y el agua obtenida del mar mediante desalación dentro de los recursos hídricos no convencionales que pueden utilizarse en agricultura cuando se gestionan adecuadamente.
Riego con agua de mar y control de la salinidad
Uno de los principales retos del riego con agua de mar es evitar que las sales terminen acumulándose en el suelo. No basta con calcular cuánta agua necesita una planta: también hay que conocer qué cantidad de sales llegan con cada riego y cómo se comportan dentro de la zona radicular.
La importancia de la lixiviación
Una de las técnicas utilizadas para controlar la salinidad es la lixiviación de sales. Consiste, de forma simplificada, en aportar suficiente agua para que una parte de las sales pueda desplazarse por debajo de la zona radicular y posteriormente evacuarse mediante un drenaje adecuado.
La FAO señala que el control de la acumulación de sales requiere que una parte del agua atraviese la zona de raíces y que exista un sistema capaz de evacuar el agua salina. Además, la eficacia de esta estrategia depende de las características del suelo y de las condiciones locales.
Por este motivo, el drenaje agrícola se convierte en una pieza fundamental cuando se trabaja con aguas de mayor salinidad. Si las sales permanecen en el terreno, el problema puede agravarse con sucesivos ciclos de riego y evaporación.
Agua de mar diluida, una de las líneas estudiadas
Una de las posibilidades que se han investigado consiste en diluir agua de mar con agua dulce para reducir su concentración salina. De esta manera, el agua resultante puede presentar unas condiciones más compatibles con determinados cultivos.
Sin embargo, la proporción adecuada no es universal. Depende de la tolerancia del cultivo, el tipo de suelo, el clima, la frecuencia de riego y el sistema utilizado.
Un estudio realizado con girasol oleico, por ejemplo, comparó diferentes proporciones de agua de mar y agua dulce. En sus condiciones experimentales, una mezcla con un 30 % de agua de mar no produjo diferencias significativas en el rendimiento de semilla, mientras que aumentar la proporción de agua marina incrementó los efectos negativos sobre el crecimiento y la salinidad del suelo.
Así que este tipo de investigaciones no demuestra que cualquier cultivo pueda regarse con agua marina, sino algo más interesante desde el punto de vista agrícola: la proporción de agua salina y la estrategia de manejo pueden modificar considerablemente la respuesta del cultivo.
Riego controlado: precisión frente a improvisación
La expresión riego controlado con agua de mar cobra sentido precisamente en este punto. Ya que el objetivo es controlar variables como la concentración de sales, la cantidad aplicada, la frecuencia de riego y la respuesta del suelo.
Entre los parámetros que pueden analizarse están:
- Conductividad eléctrica del agua, como indicador de su concentración salina.
- Sodio y cloruros, que pueden alcanzar concentraciones perjudiciales para determinados cultivos.
- Tipo de suelo y capacidad de drenaje.
- Tolerancia del cultivo a la salinidad.
- Cantidad y frecuencia del riego.
- Fracción de lavado necesaria para controlar la acumulación de sales.
- Condiciones climáticas y tasa de evaporación.
La FAO destaca que la aptitud de un agua salina para el riego depende de una combinación de factores y no únicamente de la salinidad del agua; también intervienen el cultivo, el clima, el suelo, el método de riego y las prácticas de manejo.
¿Qué cultivos pueden tolerar mejor la salinidad?
No todas las plantas reaccionan igual ante el exceso de sales. Existen cultivos con mayor tolerancia y especies adaptadas de forma natural a ambientes salinos, conocidas como halófitas.
También existen diferencias importantes entre variedades de una misma especie. La investigación reciente sobre arroz, por ejemplo, ha demostrado que la respuesta a la salinidad puede variar entre variedades y que determinadas fases del desarrollo son especialmente sensibles. Un estudio publicado en 2026 en condiciones comerciales del valle del Guadalquivir analizó precisamente la respuesta de variedades de arroz a diferentes niveles de salinidad del agua de riego.
Por tanto, no sería correcto hablar de una lista universal de cultivos aptos para el agua de mar. Lo adecuado es estudiar la tolerancia específica de cada cultivo y las condiciones concretas de producción.
Desalación, otra vía para aprovechar el agua del mar
Existe una diferencia fundamental entre riego con agua de mar y riego con agua de mar desalinizada. En el segundo caso, el objetivo es eliminar una parte importante de las sales antes de utilizar el agua en agricultura.
La ósmosis inversa es una de las tecnologías empleadas para producir agua desalinizada. En España ya existen experiencias de utilización de agua marina desalinizada para agricultura, especialmente en zonas con problemas de disponibilidad de recursos hídricos. Un estudio sobre la cuenca del Segura analizó su utilización como fuente complementaria para cultivos de regadío y señaló tanto su potencial como cuestiones relacionadas con el coste, el consumo energético y determinados aspectos agronómicos.
La FAO también considera la desalación una alternativa que puede contribuir a afrontar la escasez de agua agrícola, aunque señala que todavía existen retos relacionados con los costes, la química del agua y la gestión sostenible.
¿Y si se combina agua dulce y agua salina?
Otra posibilidad es la mezcla de diferentes fuentes de agua para obtener una salinidad compatible con el cultivo. Esta estrategia puede utilizarse junto con modelos de gestión del riego y sistemas de monitorización.
En investigaciones realizadas con girasol, por ejemplo, la alternancia entre agua dulce y agua salina diluida obtuvo mejores resultados que utilizar de forma continuada el agua salina diluida. El estudio también observó que determinadas estrategias de riego podían reducir la acumulación de sales en la zona radicular.
Esto muestra por qué el concepto de riego controlado resulta tan importante: la gestión temporal del agua puede ser tan relevante como su composición.
¿Qué riesgos tiene el riego con agua de mar?
El principal riesgo es la salinización del suelo. Cuando las sales se acumulan alrededor de las raíces, pueden dificultar la absorción de agua y nutrientes y reducir el crecimiento y el rendimiento de los cultivos. Además, determinados iones, como el sodio o el cloruro, pueden generar problemas específicos dependiendo de la concentración y de la sensibilidad de la planta.
La literatura científica confirma que el uso de agua salina puede reducir el rendimiento agrícola si no se adapta correctamente al cultivo y al sistema de producción. Una revisión global que analizó 1.151 comparaciones procedentes de 120 publicaciones encontró, en conjunto, reducciones del rendimiento y de la productividad del agua frente al riego con agua dulce, aunque las respuestas variaban según cultivo, suelo, clima y manejo.
Por tanto, el riego con agua de mar no debe plantearse como una sustitución directa del agua dulce, sino como un campo de investigación dentro de las estrategias de gestión de recursos hídricos no convencionales.
Conclusión
El riego con agua de mar plantea un reto interesante para una agricultura que necesita encontrar nuevas fuentes de agua, pero también demuestra que la salinidad no puede ignorarse. El uso directo de agua marina presenta importantes limitaciones para la mayoría de los cultivos convencionales; en cambio, la desalación, la dilución, la mezcla de aguas y el riego de precisión ofrecen líneas de trabajo que ya se están investigando.
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